México cada 15 de septiembre se envuelve en un ritual de luces tricolores, pirotecnia y un grito unísono que resuena desde Palacio Nacional hasta el rincón más apartado de nuestro país. Pero en las montañas de la Sierra de Flores Magón, donde el eco de las campanas resuenan con fuerza, las fiestas patrias adquieren un significado profundamente comunitario.
A diferencia de las ciudades en donde el gobierno contrata grandes banquetes y espectáculos, en nuestro municipio la fiesta es un acto de servicio comunitario. Aquí, es donde toma fuerza el sistema de cargos; ya que, son sus integrantes quienes asumen la responsabilidad de coordinar los festejos como un deber sagrado hacia el pueblo.
Dentro de sus labores, está el de convocar a los demás ciudadanos con la finalidad de realizar faenas para limpiar los caminos de acceso, pintar los espacios que se vayan a ocupar, además de adornar, lo cual anuncia que el pueblo esta de fiesta.

Lejos de la pirotecnia de las grandes ciudades, en Nashinandà, la conmemoración del inicio de la independencia se vive desde la comunalidad, el recuerdo de nuestros héroes locales y el orgullo de nuestra lengua. Es por ello que en muchas comunidades y municipios de nuestra región, durante el evento de conmemoración del grito de independencia, se entona nuestro glorioso himno nacional en la lengua mazateca y posteriormente se canta el himno nacional en castellano.
En la cultura Nashinandà, el 15 de septiembre nos recuerda que la verdadera soberanía de México reside en sus pueblos originarios. Mientras la neblina de la sierra desciende sobre las calles y los arreglos tricolores iluminan el palacio municipal, Nashinandà demuestra que la independencia no es un evento del pasado, sino es una realidad viva que se ejerce todos los días a través de la organización comunitaria.
¡Vivan los pueblos originarios!
¡Viva Nashinandà!
¡Viva México!
¡Viva México!
¡Viva México!




